Día 5. De Neustadt an der Donau a Straubing
El sexto día nos llevó desde Neustadt an der Donau hasta Straubing, atravesando uno de los paisajes más espectaculares del Danubio: el desfiladero de Weltenburg. Navegamos entre impresionantes paredes de roca, vivimos una divertida anécdota con las gafas de Karin, recorrimos interminables caminos junto al río y disfrutamos de la belleza de Ratisbona antes de completar la etapa. El esperado spa resultó estar cerrado, pero Straubing nos recibió con el ambiente festivo de la cerveza bávara, recordándonos que en cada jornada de esta aventura siempre hay algo inesperado que acaba convirtiéndose en un buen recuerdo.

Distancia
115.88 km
Duración
5 h 58 min 42 s
Desnivel +
430 m
Dificultad
Fácil
La lluvia hizo acto de presencia justo cuando nos refugiábamos en el apartamento la noche anterior. El bochorno que se acumulaba en la habitación nos obligó a dormir con las ventanas completamente abiertas. Entre las tareas de cada final de etapa —revisar el material, cargar todos los dispositivos, preparar las alforjas y dejar las bicicletas listas para la salida— acabamos acostándonos más tarde de lo previsto.
Caímos rendidos sobre la cama. El cansancio era de esos que no necesitan presentación: en pocos minutos estábamos profundamente dormidos. El cuerpo y la mente ya conocen esta rutina; saben exactamente cuánto esfuerzo exige el camino y cómo recuperar fuerzas para afrontar una nueva jornada.
Al despertar terminé las pequeñas tareas que habían quedado pendientes de la noche anterior. Justo cuando finalizaba, Karin comenzaba a desperezarse. Desayunamos tranquilamente en el apartamento, colocamos las alforjas sobre las bicicletas y, a las 9:15, todo estaba listo para iniciar nuestro sexto día de aventura.
Hoy nos esperaban unos 110 kilómetros, aunque ya sabemos que sobre el papel siempre parecen menos. La gran ilusión del día era atravesar el desfiladero de Weltenburg y navegar unos kilómetros por el Danubio, una de las imágenes más icónicas de toda esta ruta.
Los primeros kilómetros transcurren por tranquilas pistas asfaltadas que serpentean entre inmensos maizales. Los pequeños pueblos aparecen uno tras otro, muy próximos entre sí, escondidos entre un mosaico de campos donde conviven hortalizas, patatas, acelgas y maíz. Un paisaje agrícola que transmite calma y que invita a pedalear sin prisas.
Poco después alcanzamos el esperado desfiladero. Allí se encuentra el monasterio de Weltenburg, perfectamente preparado para recibir a los numerosos viajeros que llegan siguiendo el curso del río. El entorno es sencillamente espectacular. Grandes paredes de roca viva se elevan sobre el Danubio, mientras los bosques cubren las laderas y los prados se asoman hasta tocar el agua. Los meandros esconden el monasterio entre la naturaleza, creando uno de esos lugares que justifican por sí solos el viaje.
Nos colocamos en la cola del embarcadero. No hacía falta preguntar; una pequeña bandera y la fila de personas, muchas de ellas también con bicicletas, indicaban claramente dónde debíamos esperar.
Antes de embarcar aprovechamos para tomar un par de cafés en la cantina del monasterio. Diez euros por dos cafés pueden parecer muchos, pero el camarero compensaba el precio con una simpatía contagiosa. Era uno de esos tipos entrañables, con aspecto de osito de peluche al que dan ganas de abrazar.
Ya a bordo llegó el momento más divertido del día. A Karin le dio por lanzar las gafas hacia atrás, como si estuviera tirando el ramo en una boda. Solo que las gafas no cayeron en unas manos amigas, sino directamente al agua. Sin pensárselo dos veces, tuvo que bajar hasta la orilla, remangarse, mojarse bastante más que los pies y, haciendo una auténtica pinza con los dedos del pie, consiguió recuperarlas. La escena dejó boquiabiertos a todos los pasajeros, que no daban crédito a semejante demostración de destreza.
Con las bicicletas bien sujetas y ya sentados en cubierta, disfrutamos de una navegación tranquila mientras el patrón conducía la embarcación entre las impresionantes paredes del desfiladero. Cámaras y móviles no dejaron de disparar fotografías y vídeos. Finalmente solo recorrimos unos dos kilómetros, precisamente la parte más espectacular del recorrido. El bajo nivel del agua impedía continuar y nos desembarcaron a mitad del trayecto para seguir la ruta por tierra.
Retomamos los senderos y las pistas ciclistas en dirección a Kelheim, donde se encuentra el pequeño puerto de la zona. A partir de allí empiezan a aparecer con frecuencia las señales de navegación del Danubio. La ruta vuelve a alternar pequeños pueblos, grandes llanuras de cultivo y extensos rastrojos de cosechas ya recogidas.
El Danubio sigue siendo nuestro compañero inseparable. Cruzamos de una orilla a otra una y otra vez, acompañando su curso mientras avanzamos de oeste a este por Alemania, acercándonos poco a poco a la frontera con Austria. Kilómetro tras kilómetro, el río marca el ritmo del viaje y da sentido al nombre de esta gran ruta cicloturista.
Nuestro destino final era Straubing, pero antes teníamos una parada obligatoria en Ratisbona. Allí visitamos su famoso puente romano, la impresionante catedral y aprovechamos para recuperar energías con una focaccia acompañada de un buen café de especialidad. Desde allí aún nos esperaban 55 kilómetros hasta el merecido descanso.
A las tres de la tarde retomamos la marcha siguiendo los márgenes del río. El ambiente era fresco, ideal para pedalear, mientras las conversaciones iban y venían entre ideas, planes y anécdotas. De vez en cuando adelantábamos o éramos adelantados por otros ciclistas que compartían nuestra misma aventura. Sin mirar demasiado el reloj fuimos acercándonos al destino. A pocos kilómetros de llegar hicimos una última parada para comer los bocadillos que llevábamos preparados. La ilusión era clara: registrarnos en el hotel y disfrutar del spa incluido en la reserva.
Pero la aventura siempre guarda alguna sorpresa. Ya duchados y preparados para relajarnos, nos comunicaron que el spa estaba cerrado. Karin entró en cólera de inmediato. Llevaba todo el día imaginando ese momento de descanso y la decepción fue mayúscula. Comenzó entonces el proceso de reclamaciones mientras yo asumía que, por esta vez, la recuperación tendría que esperar.
Sin spa, pero con las piernas todavía respondiendo, salimos a descubrir Straubing. Su gran plaza, las torres y la basílica son el corazón de la ciudad. Además, coincidimos con el inicio de la fiesta de la cerveza, que llenaba el casco antiguo de un ambiente extraordinario. La plaza rebosaba vida, música y gente disfrutando del verano en pleno estilo bávaro. Paseamos sin prisas, cenamos tranquilamente y terminamos la noche compartiendo un helado antes de regresar al hotel, situado a poco más de un kilómetro.
Durante la jornada también compartimos varios kilómetros con un padre y su hijo que realizan la misma ruta que nosotros, aunque su destino final será Budapest. Son esos encuentros que hacen especial un viaje como este. Intercambiamos experiencias, recomendaciones y pequeñas historias del camino, confirmando una vez más que el cicloturismo siempre termina regalando mucho más que paisajes.
Ahora toca volver a descansar. Las etapas más largas ya han quedado atrás y el camino empieza a ofrecer jornadas algo más llevaderas. Mañana diremos adiós a Alemania para cruzar la frontera y entrar en Austria. El siguiente destino nos espera: Passau.
Track de la ruta
Descargar track · etapa_4_ev6_2026.gpxCrónicas relacionadas

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