Día 3. El Danubio nos pone a prueba. (Riedligen – Lauingen (vía Dillingen).
Bajo un sol implacable, seguimos el curso del Danubio atravesando pueblos de postal y paisajes que alternaban bosques, campos dorados y tranquilas riberas. Ulm nos regaló una pausa entre historia y arquitectura antes de afrontar los últimos kilómetros de una jornada marcada por el calor, las fuentes convertidas en oasis y una inesperada carrera para escapar de una tormenta que finalmente pasó de largo. Son esos pequeños imprevistos, más que los kilómetros recorridos, los que terminan convirtiendo una etapa en un recuerdo imborrable.

Distancia
124.47 km
Duración
6 h 11 min 35 s
Desnivel +
625 m
Dificultad
Media
La noche anterior nos acostamos con esa agradable sensación de cansancio que solo deja una jornada intensa sobre la bicicleta. Antes de dormir tocó el ritual que ya empieza a formar parte del viaje: poner a cargar GPS, baterías externas, teléfonos y todo aquello que al día siguiente volverá a ser imprescindible. Cenamos algo ligero, acompañado por unas copas de vino, y todavía nos quedó energía para disfrutar de un helado en la plaza principal de Riedlingen, respirando el ambiente tranquilo de una pequeña ciudad alemana cuando cae la tarde.
Dormimos bien, aunque nos acostamos algo tarde. Por la mañana bajamos directamente a la cafetería-pastelería situada justo debajo del alojamiento. Un buen desayuno era la mejor forma de preparar otra larga etapa. Después llegó el trabajo menos visible del cicloturismo: organizar las alforjas, revisar el material y bajar las bicicletas desde un segundo piso hasta la calle. Parece un detalle menor, pero cada mañana supone un pequeño esfuerzo antes incluso de empezar a pedalear.
A las nueve y media comenzábamos la ruta. Al sentarnos sobre el sillín, el cuerpo nos recordó inmediatamente los más de 130 kilómetros del día anterior. El trasero tiene memoria, pero también una extraordinaria capacidad de adaptación. Tras los primeros minutos de incomodidad todo volvió a colocarse en su sitio y comenzamos a disfrutar del camino.
Los primeros kilómetros nos recibieron con varias rampas que alcanzaban el 16% de desnivel. Eran cortas, pero suficientes para despertar definitivamente las piernas. El sol ya calentaba con fuerza. Europa atraviesa una intensa ola de calor y nosotros la sentíamos en cada pedalada. Afortunadamente, una vez superado ese inicio, la etapa se volvía mucho más amable. El perfil era más favorable que el del día anterior y, aunque los kilómetros seguían siendo muchos, el terreno permitía mantener un ritmo constante, sin grandes sobresaltos.
El recorrido alternaba continuamente entre acercarse y alejarse del Danubio. En ocasiones rodábamos junto al agua; en otras, pequeños bosques o campos cultivados ocultaban momentáneamente el río. Los verdes intensos de los valles contrastaban con las parcelas de cereal ya cosechadas, donde el color ocre dominaba el paisaje. Esa combinación de agua, bosque y campos abiertos daba personalidad a una etapa tranquila, muy agradable para pedalear.
La ruta atravesaba infinidad de pequeños pueblos. Todos compartían una arquitectura muy característica del sur de Alemania: casas robustas, con tejados muy inclinados para soportar los inviernos, fachadas perfectamente cuidadas y construcciones adaptadas al terreno. Nada de grandes edificios. Aquí las viviendas conservan una escala humana, formando calles y pequeñas plazas donde parece que el tiempo transcurre a otro ritmo.
La gran parada del día fue Ulm. La ciudad, conocida por ser el lugar de nacimiento de Albert Einstein, impresiona desde la distancia por la silueta de su inmensa catedral, cuya torre alcanza casi los 168 metros y sigue siendo la más alta de Europa. Paseamos por el pintoresco Barrio de los Pescadores, con sus estrechas calles y casas tradicionales junto al agua. Allí hicimos una pausa para tomar un café antes de acercarnos a la plaza de la catedral. Las fotografías eran inevitables. Ulm tiene ese equilibrio entre monumentalidad y tranquilidad que invita a detenerse un rato antes de continuar viaje.
Al abandonar la ciudad aún nos quedaban cerca de cincuenta kilómetros hasta el final de la etapa. El GPS proponía un itinerario algo más interior, protegido por la arboleda. Sin embargo, preferimos seguir la ribera del Danubio. La recompensa era pedalear junto al río durante muchos kilómetros; el precio, hacerlo completamente expuestos al sol. No siempre la opción más cómoda es la que deja mejores recuerdos.
Cuando el cansancio empezaba a hacerse notar aparecieron varias lagunas de aguas tranquilas donde numerosas familias disfrutaban del día como si estuvieran en la playa. Resultaba curioso encontrar estos espacios de baño tierra adentro. Nosotros también hicimos una parada. Karin no dudó en refrescarse metiendo los pies hasta las rodillas. Yo, en cambio, me limité a observar el agua desde la orilla sin quitarme siquiera las zapatillas. A veces el respeto por un lugar desconocido pesa más que el calor. Aprovechamos para tomar un café y una Coca-Cola, aunque nos sorprendió que en pleno verano no tuvieran hielo. Un pequeño detalle que, con las altas temperaturas de aquel día, se echaba especialmente de menos.
Con las fuerzas recuperadas afrontamos los últimos kilómetros. Nuestro alojamiento estaba en Lauingen, unos catorce kilómetros antes del final previsto de la etapa en Dillingen, así que completamos el recorrido hasta Dillingen y regresamos para instalarnos. El alojamiento era un sencillo apartamento situado en un polígono industrial, elegido principalmente por ser la opción más económica. Muy cerca teníamos un Lidl y un restaurante, suficiente para cubrir las necesidades del final de la jornada.
La visita al supermercado ya se ha convertido en otra costumbre del viaje. Compramos fruta, agua, algunos alimentos básicos y, cómo no, algún pequeño capricho dulce. Durante todo el día las fuentes habían sido auténticos oasis en mitad del calor, y cada una de ellas era recibida casi con la misma alegría que un avituallamiento en una competición.
Por la noche salimos a cenar. Karin llevaba varias horas con una importante falta de energía. Había comido muy poco durante toda la ruta y el cuerpo empezaba a pasarle factura. Yo había conseguido mantener el ritmo gracias a las inevitables gominolas con forma de ositos, una fuente de carbohidratos tan poco sofisticada como efectiva cuando las piernas empiezan a vaciarse.
Mientras esperábamos la cena ocurrió uno de esos momentos inesperados que terminan dando personalidad a un viaje. Los camareros comenzaron a correr de un lado para otro. Miramos por las ventanas y vimos cómo un fuerte vendaval agitaba todo el exterior. Una tormenta parecía acercarse rápidamente. Consultamos la previsión meteorológica y confirmaba que podía ser intensa. Sin perder tiempo ayudamos a los camareros a recoger y reclinar las sillas de la terraza para facilitarles el trabajo, pedimos la cuenta cuanto antes y salimos casi corriendo hacia el apartamento, situado a unos seiscientos metros.
Durante esa improvisada carrera no pudimos evitar comentar que menos mal que, al final, habíamos descartado la idea inicial de viajar durmiendo en tienda de campaña.
Ya resguardados, contemplamos cómo la tormenta terminaba pasando algo más lejos de lo que parecía. Mucho viento, aparato eléctrico en la distancia y bastante menos lluvia de la esperada.
Con el día terminado solo quedaba una misión: descansar. Al día siguiente nos esperaba otra de las etapas más largas del viaje y el cuerpo necesitaba recuperar fuerzas.
Si algo nos enseñó esta jornada es que no siempre son los grandes monumentos o los paisajes espectaculares los que permanecen en la memoria. A veces son los pequeños detalles —el calor sofocante, un baño improvisado en una laguna, una carrera para escapar de una tormenta o unas simples gominolas compartidas sobre la bicicleta— los que convierten un día de ruta en una aventura que merece la pena recordar.
Track de la ruta
Descargar track · etapa_2_ev6_2026.gpxCrónicas relacionadas

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