Viajes

Día 2. Por fin, el Danubio bajo nuestras ruedas

Después de dos días marcados por aviones, trenes, retrasos e imprevistos, por fin llegó el momento que llevábamos tanto tiempo imaginando. El Danubio nos esperaba. Fueron 130 kilómetros de paisajes espectaculares, calor, tormentas de verano, senderos infinitos y la satisfacción de comprobar que, ahora sí, la aventura había comenzado de verdad.

3 de agosto de 2026 Riedlingen 5 min
Día 2. Por fin, el Danubio bajo nuestras ruedas

Distancia

130 km

Duración

8 h 11 min 34 s

Desnivel +

900 m

Dificultad

alta

Hoy amanece en Donaueschingen. Bueno, para ser exactos, en una pequeña aldea situada a las afueras. Aunque anoche nos acostamos cerca de la una de la madrugada, intentamos dormir todo lo posible. Venimos de un par de noches de descanso ligero y el cuerpo empieza a pasar factura.

Yo me despierto a las nueve. Karin sigue profundamente dormida y no parece tener ninguna intención de levantarse pronto. Aprovecho ese rato de tranquilidad para adelantar algunas tareas pendientes del trabajo. Cuanto antes las termine, más libre podré disfrutar del que será nuestro primer día de ruta sobre la bicicleta.

A las 9:40 Karin abre por fin los ojos. Yo ya lo tengo todo listo. Solo queda recoger nuestras cosas, enfundarnos el maillot y prepararnos para salir.

Cerramos la puerta de la casa sabiendo que no volveremos. Las bicicletas nos esperan en un pequeño cobertizo situado detrás del alojamiento. Aquí todo parece construido en madera: la casa, los anexos, las vallas... un entorno sencillo pero muy acogedor.

En la parcela realizamos el primer ajuste serio de las alforjas. Sigo convencido de que llevamos demasiado peso. Quizá Karin incluso más que yo. Recolocamos bolsas, apretamos cinchas y revisamos que todo quede bien sujeto. Es el momento de arrancar los GPS. El de Karin se resiste unos segundos antes de encenderse, como si también supiera lo que le espera durante los próximos días y necesitara reunir fuerzas antes de empezar.

A las 10:30, por fin, comenzamos a pedalear.

Regresamos primero a la estación de Donaueschingen, la misma a la que llegamos la noche anterior después de aquella interminable odisea ferroviaria. Allí desayunamos entre un ejército de avispas que revolotean sin descanso alrededor de los dulces de la cafetería y de nuestras bandejas. La chica que nos atiende reconoce enseguida nuestro idioma y, tras intercambiar unas palabras, termina hablándonos en un perfecto español. El desayuno nos sabe a gloria.

Ahora sí.

Empieza la Ruta del Danubio.

Los primeros kilómetros nos hacen detenernos antes de lo esperado. Escucho un ligero roce en la bicicleta de Karin. La rueda trasera toca muy suavemente el remolque Thule. Apenas es un pequeño contacto, pero mi cabeza solo piensa en los más de novecientos kilómetros que tenemos por delante. Un roce insignificante puede convertirse en un problema importante con el paso de los días.

Paramos, revisamos el montaje y conseguimos corregirlo. A partir de ese momento desaparece la preocupación y empezamos, por fin, a disfrutar del camino.

Y qué camino.

Vamos descubriendo paisajes nuevos a cada curva. Casas perfectamente cuidadas, bosques, praderas, animales y el Danubio acompañándonos constantemente. Pedaleamos unas veces por una orilla y otras por la contraria. El desnivel apenas existe y la red de carriles bici, senderos, pistas y pequeñas carreteras es sencillamente espectacular. Todo está perfectamente señalizado y pensado para quien viaja sobre dos ruedas.

Alemania respira bicicleta.

Hay ciclistas por todas partes: vecinos que utilizan la bici como medio de transporte y viajeros como nosotros, cargados con alforjas y kilómetros por delante.

El Garmin marca una ruta de unos 123 kilómetros. La primera mitad discurre entre las orillas del río y pequeños desfiladeros de montañas de escasa altura. El paisaje cambia constantemente: el verde intenso de los bosques, las paredes de roca viva emergiendo entre la vegetación y largos tramos de senderos completamente cubiertos por árboles que ofrecen una agradable sombra.

Más adelante aparecen interminables pistas que bordean enormes campos de maíz. El aire cambia allí por completo. El calor húmedo y el olor característico del estiércol utilizado como abono nos recuerdan que seguimos atravesando una tierra profundamente agrícola.

Ha sido una etapa muy larga y llena de contrastes.

Cuatro ascensos principales nos hacen acumular cerca de 900 metros positivos y más de 1.000 metros de descenso. Los últimos kilómetros antes de llegar a Riedlingen son completamente diferentes: largas rectas, caminos llanos y senderos que parecen no terminar nunca.

La ruta, en realidad, no es técnicamente difícil. La dureza la pone la distancia y los casi treinta kilos de equipaje que transporta cada bicicleta. Con bicicletas de montaña, ese peso se deja sentir en cada pedalada.

Finalmente llegamos a las 18:15.

Han sido 130 kilómetros, con un tiempo total de 8 horas, 11 minutos y 34 segundos, de los cuales 6 horas, 4 minutos y 48 segundos han sido pedaleando sin parar.

El calor tampoco nos ha dado tregua. Alcanzamos los 34 grados, aunque al caer la tarde la temperatura empieza a suavizarse ligeramente. Ya en Riedlingen nos recibe un bochorno intenso que hace difícil incluso quedarse quieto.

Entre los kilómetros 55 y 70 vivimos uno de esos momentos que hacen especial cualquier viaje en bicicleta.

Una tormenta de verano comenzó a acompañarnos. Primero llegaron los truenos. Después, unas gotas de lluvia que apenas duraron unos minutos, pero que nos regalaron un respiro frente al calor. Tuvimos suerte. La tormenta avanzó más rápido que nosotros y descargó varios kilómetros por delante. Cuando pasamos por esa zona pudimos ver ramas arrancadas y restos de vegetación sobre algunos senderos, señal de la fuerza con la que había llovido.

La comida del día fue tan sencilla como suficiente. Aprovechamos un descanso para terminar la pizza que había sobrado de la noche anterior, acompañada por un par de barritas energéticas. Eso fue todo.

Sin embargo, agua no faltó. Compramos varias botellas durante la jornada y también rellenamos los bidones en las fuentes que encontramos por el camino. Algún helado cayó a mitad de ruta para combatir el calor y, cómo no, al llegar a Riedlingen nos regalamos un buen café capuchino acompañado de las clásicas galletitas que siempre parecen saber mejor después de un día sobre la bicicleta.

Hoy sí podemos decir que la Ruta del Danubio ha comenzado de verdad.

Mañana seguiremos pedaleando por Alemania, avanzando poco a poco hacia el corazón de Europa.

Track de la ruta

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#Alemania#Danubio#ruta en bic

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