Día 1 - Alemania nos da la bienvenida
El viaje empezó a poner a prueba nuestra capacidad de adaptación incluso antes de dar la primera pedalada. Retrasos, trenes cancelados, un idioma incomprensible, decisiones improvisadas y una buena dosis de paciencia convirtieron el trayecto desde el aeropuerto hasta Donaueschingen en una pequeña aventura. Aquel día entendimos que viajar no consiste solo en llegar al destino, sino en aprender a resolver los imprevistos que aparecen por el camino.
Distancia
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Duración
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Desnivel +
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Dificultad
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Karin, por primera vez en toda la semana, se levantó antes que yo. Poco después noté cómo Nora se acurrucaba a mi lado y me abrazaba. Aquellos minutos de mimos antes de levantarnos fueron el mejor comienzo posible para un día que sabíamos que sería intenso.
Todavía quedaban los últimos preparativos. Revisar el equipaje, cerrar definitivamente las cajas de las bicicletas y asegurarnos de que todo estuviera bien protegido para el vuelo. Viéndolo ahora, llevábamos demasiadas cosas para un viaje en bicicleta, aunque en ese momento todo parecía imprescindible.
Salimos de casa para recoger a Krisz, que nos acercaría al aeropuerto. Allí nos despedimos también de Nora. Ella regresaría con su abuela y unos días después viajarían hasta Hungría, donde volveríamos a encontrarnos. Era un "hasta luego" cargado de ilusión.
En el aeropuerto todo transcurrió con normalidad. Facturamos las bicicletas sin problemas y, como habíamos llegado con tiempo, aprovechamos para pasear por las tiendas, tomar un café y adelantar algunas tareas de trabajo.
El único contratiempo aparente fue el retraso del vuelo. Una hora más tarde de lo previsto aterrizamos en Karlsruhe, sobre las cinco y media de la tarde. Nada preocupante... o eso creíamos.
La verdadera aventura comenzaba al salir del aeropuerto.
No entendíamos absolutamente nada del alemán. Los carteles parecían escritos en otro planeta y cada anuncio por megafonía sonaba igual de incomprensible. Tocó recurrir a los teléfonos móviles, a los traductores automáticos y, cómo no, a los españoles que uno siempre termina encontrando en cualquier rincón del mundo.
Nuestro primer objetivo era localizar el autobús que nos llevara hasta la estación desde donde comenzar el viaje hacia Donaueschingen. Después llegaron los trenes, las conexiones, las cancelaciones y la eterna pregunta que todo viajero se hace alguna vez: "¿Y ahora qué hacemos?"
Fue una auténtica lección acelerada sobre cómo moverse por un país desconocido. Como suele decirse, las cosas tienen que salir mal alguna vez para aprender rápido... aunque siempre tienen un coste.
Y hablando de costes, hubo uno que nos sorprendió especialmente: el agua. Una simple botella de medio litro costaba 2,75 €. Bienvenidos a Alemania.
El autobús nos dejó finalmente en la estación de Bühl. Allí apareció una de esas personas que hacen que recuperes la fe en la humanidad. Una señora, al reconocer que hablábamos español, se acercó para ayudarnos. Nos acompañó hasta la máquina expendedora de billetes y nos explicó cómo comprar los tickets para nosotros y para las bicicletas. Más tarde descubriríamos que, al ser domingo, las bicicletas viajaban gratis. Una pequeña anécdota que nos arrancó una sonrisa.
Esperábamos tranquilamente en el andén cuando vimos que la hora de salida llegaba... pero el tren no.
Preguntamos y llegó la confirmación que nadie quiere escuchar: el RE2 estaba cancelado.
No quedaba otra que adaptarse.
Decidimos aprovechar el tiempo para montar las bicicletas y deshacernos de las enormes cajas con las que habían viajado desde Alicante. Poco a poco, las bicicletas empezaron a parecer bicicletas de verdad: alforjas, mochilas, herramientas, ropa... Fue entonces cuando descubrimos algo evidente: llevábamos demasiado peso.
Mientras yo terminaba de montar las bicicletas, Karin fue a buscar unos contenedores para tirar las cajas y aprovechar para comprar algo de comida. La espera iba para largo y era mejor no depender de la cena.
Entonces ocurrió.
Sin previo aviso apareció el RE2.
El mismo tren que nos habían dicho que estaba cancelado acababa de entrar en la estación.
Miré alrededor buscando a Karin. Nada.
La llamé una vez.
Otra.
Y otra más.
En la última llamada solo pude decir:
—Estamos perdiendo el tren.
Durante unos segundos pensé seriamente en subir con las bicicletas y dejar que ella se las arreglara para alcanzarme más adelante. Fue un pensamiento fugaz, nacido del estrés y la desesperación. Evidentemente, no fui capaz.
Vi cómo el tren arrancaba lentamente mientras seguía hablando con ella por teléfono.
Pocos segundos después apareció corriendo por el andén con una pizza, una ensalada... y sin los cubiertos, que habían quedado olvidados en algún lugar del camino. Aquella ensalada acabaría comiéndosela con las manos entre risas, porque a esas alturas solo quedaba tomarse las cosas con humor.
Respiramos hondo.
Nos sentamos.
Y, por primera vez en varias horas, dejamos de correr para pensar.
Revisando con calma los paneles de información descubrimos que todavía existía una solución. A las 21:16 salía un tren que nos acercaría a nuestro destino y, más adelante, podríamos enlazar con otro que nos evitaría varios transbordos.
Aunque las dudas seguían presentes, decidimos subir al primer tren que nos permitiera avanzar. Poco a poco fuimos acercándonos a Offenburg y desde allí enlazamos con el tren hacia Konstanz. Finalmente, nos bajaríamos siete estaciones después para recorrer los últimos kilómetros en bicicleta hasta el alojamiento.
Ya era de noche cuando, por fin, llegamos.
Nos esperaba una pequeña habitación de apenas veinte metros cuadrados, completamente revestida de madera. Tenía cama, cocina, ducha y todo lo necesario para descansar después de un día que había parecido eterno.
Mientras dejábamos las alforjas en el suelo, nos miramos y sonreímos.
Todavía no habíamos recorrido ni un solo kilómetro de la Ruta del Danubio.
Pero la aventura ya había comenzado.
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