Día 7 — De Passau a Linz: cruzamos a Austria
Hoy dejamos Alemania atrás y entramos en Austria siguiendo, como siempre, el curso del Danubio. Casi 100 km de ruta marcados por cruces en barco, cambios de recorrido inesperados, kilómetros bajo la sombra junto al río y alguna que otra batalla improvisada con ciclistas locales. Lo que parecía un contratiempo terminó regalándonos uno de los tramos más bonitos del día. Llegamos a Linz con las piernas cargadas pero con ganas de descubrir la ciudad. El Danubio sigue marcando el camino y nosotros seguimos avanzando hacia el este.

Distancia
100.96 km
Duración
4 h 36 min 48 s
Desnivel +
321 m
Dificultad
Media
Passau ha resultado ser una ciudad con mucha vida. Quizá demasiada cuando lo que uno necesita después de tantos kilómetros es dormir. La gente seguía disfrutando de la noche mientras nosotros intentábamos descansar y, entre el ruido de la calle y un calor mayor de lo esperado, la noche no ha sido precisamente reparadora.
Por la mañana toca repetir un ritual que, después de tantos días, ya hacemos casi de forma automática: recoger, preparar las mochilas, organizar las alforjas, revisar las bicis y salir en busca del desayuno. Aunque aquí hay una condición importante: para Karin no vale cualquier sitio. El desayuno tiene que estar a la altura. Así que primero café, algo de energía para el cuerpo, y ahora sí, carretera.
Nos esperan unos 98 kilómetros entre Passau y Linz, aunque sabemos perfectamente que cuando un GPS dice 98, la realidad suele tener otros planes. La jornada se presenta como una de las más asequibles de nuestra aventura, al menos sobre el papel.
Hoy, además, hay algo especial. Poco después de abandonar Passau dejamos atrás Alemania. Cruzamos la frontera y entramos en Austria. Cambia el país, pero nuestro compañero de viaje continúa siendo el mismo: el Danubio.
La ruta avanza pegada al río, entre vegetación, pequeños núcleos y largos tramos en los que pedalear se convierte casi en un ejercicio automático. Las piernas giran y el paisaje va pasando lentamente a nuestro alrededor. Pero, como ya hemos aprendido durante este viaje, el Danubio siempre guarda alguna sorpresa.
Sobre el kilómetro 28 llegamos a un punto donde continuar implica subir las bicicletas a una pequeña embarcación para cruzar el río. No tenemos demasiado claro si el ferry es realmente imprescindible o si forma parte del pequeño negocio que se ha creado alrededor de la ruta ciclista. Sea como sea, una vez allí tenemos pocas alternativas razonables.
Así que bicicletas al barco y otra vez a cruzar el Danubio.
La pequeña improvisación termina siendo uno de esos momentos que hacen especial un viaje. Al otro lado paramos a tomar un café y coincidimos con un húngaro. Un descanso inesperado, una conversación y unos minutos contemplando el río antes de volver a montar.
El cruce, además, nos obliga a modificar el recorrido previsto. Tenemos que improvisar una nueva ruta por la otra orilla hasta encontrar un puente que nos permita regresar posteriormente al trazado original.
Y lo que parecía un contratiempo termina convirtiéndose en una de las mejores decisiones del día.
Pedaleamos durante kilómetros protegidos por la sombra de los árboles, prácticamente pegados al Danubio. Con el calor que está haciendo, avanzar por esta ribera resulta un regalo. El río aparece y desaparece entre la vegetación mientras nosotros seguimos sumando kilómetros. En viajes como este empiezas a entender que no siempre equivocarse de camino significa ir por el lugar equivocado.
Cuando quedan unos 30 kilómetros para Linz, decidimos parar a comer en una de esas pequeñas tascas junto al Danubio frecuentadas principalmente por ciclistas. Allí compartimos mesa y conversación con una pareja entrada en edad. Entre españoles, húngaros y alguna mezcla lingüística difícil de clasificar, la conversación termina llamando la atención de quienes tenemos alrededor.
Para comer, dos boles de falafel, una cerveza y algo diferente al Nestea. No será alta gastronomía, pero después de tantos kilómetros sabe a gloria.
Son aproximadamente las dos de la tarde cuando volvemos a subirnos a las bicicletas. Nos quedan unos 29 kilómetros y ahora toca hacerlos bajo el calor más intenso del día.
Volvemos a cruzar el Danubio para recuperar nuestra ruta. Los GPS, sin embargo, deciden aportar su propia dosis de aventura y durante un rato parecen no ponerse de acuerdo sobre por dónde debemos continuar. Tras alguna vuelta y alguna consulta, recuperamos finalmente el trazado correcto.
Seguimos pedaleando junto al río en dirección a Linz.
Las piernas ya acumulan muchos cientos de kilómetros, pero todavía queda gasolina. Incluso tenemos tiempo para alguna pequeña “picada” con ciclistas que entrenan por la zona. Error por su parte: después de tantos días atravesando Alemania cargados con alforjas, las piernas están cansadas, sí… pero también llevan un buen rodaje. Los alcanzamos, apretamos y terminamos dejándolos atrás.Pequeñas victorias absurdas que, cuando llevas horas encima de una bicicleta, hacen bastante gracia.
Finalmente aparece Linz.
Cruzamos de nuevo el Danubio por uno de los puentes de entrada a la ciudad y comenzamos a buscar nuestro alojamiento. Evidentemente, no podía terminar todo tan fácilmente. Nos equivocamos y acabamos haciendo algún kilómetro adicional por la ribera. El error, al menos, nos permite descubrir una especie de playa urbana junto al Danubio, utilizada por los habitantes de Linz para combatir el calor.
Unos kilómetros extra para la colección.
Llegamos por fin al hotel. Bicicletas aparcadas, ducha, unos minutos de descanso y toca cambiar el uniforme de ciclista por el de turista.
Como estamos alojados a las afueras de Linz, decidimos dejar descansar las piernas y coger unos patinetes de Lime para acercarnos al centro. Después de 100 kilómetros sobre una bicicleta, cualquier medio de transporte que avance sin necesidad de pedalear se agradece bastante.
Ya en el centro recorremos tranquilamente el casco histórico, paseamos por la Hauptplatz, visitamos la catedral y nos acercamos a algunos de los puntos más interesantes de la ciudad. Linz nos recibe con un ambiente agradable y nosotros podemos disfrutarla ya sin prisas, simplemente caminando y observando cómo va terminando el día.
Por supuesto, también hay parada para el café. Y no en cualquier sitio. Según Karin, es un lugar especial, así que allí terminamos tomando nuestro café y haciendo algunas fotografías para guardar otro pequeño recuerdo de esta aventura.
Después llega la complicada misión de la cena. Nos apetece comer algo de pollo, aunque parece que el pollo hoy no está por la labor de encontrarnos a nosotros. Sea lo que sea finalmente, lo importante es sentarnos, comer y disfrutar de Linz mientras cae el sol.
La jornada termina regresando en patinete hacia el hotel. Ahora sí, toca descansar.
Hoy hemos cambiado de país, hemos cruzado varias veces el Danubio, improvisado rutas, utilizado barcos, puentes, bicicletas y patinetes, compartido mesa con desconocidos y vuelto a comprobar que los mejores momentos de un viaje muchas veces aparecen precisamente cuando el plan deja de cumplirse.
Mañana volveremos a cargar las alforjas y comenzará una nueva jornada de esta aventura. Dejaremos Linz rumbo a Melk, entrando ya en la recta final de nuestro recorrido por el Danubio.
Austria acaba de empezar. 🇦🇹🚴
Y nosotros seguimos avanzando hacia el este, siempre con el Danubio marcándonos el camino..
Track de la ruta
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