Mi primer Ironman: 40 semanas para entender el ritmo
3800 metros de agua fría, 180 kilómetros de viento de cara y un maratón que se resolvió más con la cabeza que con las piernas.
10 de agosto de 2024 NAGYATAD 11 min

Distancia
226 km
Duración
12 h 29 min 45 s
Desnivel +
320 m
Dificultad
Alta
SÁBADO, 10 DE AGOSTO DE 2024 (Crónica de un primer Ironman)
I. LAS CINCO Y MEDIA
Llegó el día del reto del año, y llegó como llegan las cosas importantes: sin permiso y con los días previos hechos un desastre.
He intentado dormir. No ha sido suficiente. Las pocas horas que caen sobre mí se quedan cortas, como un vaso que no llena. A las 5:30 el día ya está en marcha. Hasta las 7:00 no tengo que estar en la zona de transición para pasar el control de material, así que hay un margen estrecho y engañoso, ese que uno cree que sobra y siempre falta.
Recogemos la cama. Organizamos el desayuno. Vamos en autocaravana, somos cinco, y aunque hay sitio para movernos, la zona de comedor lleva días convertida en cama: se duerme más fresco y más ancho que en la parte
trasera del vehículo. Todo, estos días, ha sido eso: adaptarse.
El desayuno es normalito. Corto. Nada de lo que acostumbro a diario. Un café en polvo preparado con agua caliente y un par de tostadas —sin tostar— de pollo en lonchas. Bebo agua todo lo que el reloj me permite y le pido a Karin que me prepare los bidones para colocarlos en la bici.
Y entonces, el aseo químico. Está lleno. Toca sacarlo y vaciarlo donde primero pillo, en la zona de campo de los alrededores del lago donde dentro de un rato estaré nadando. Las arqueadas que meto son para tirar el desayuno de los tres últimos días. El olor nauseabundo se me queda instalado en la nariz y me acompañará durante horas: en la natación y en el ciclismo. Nadie escribe esto en las crónicas. Pero así empieza un Ironman.
Sin prisa pero sin pausa. Saco las bicis del maletero, coloco los pedales en la de Karin y en la mía. Me toca cambiar la recámara de mi rueda trasera, la de obús extraíble, para dejársela a ella como recámara de seguridad: la necesita con alargador para sus ruedas de perfil alto. Un cambio más que no esperaba. Un mordisco más al tiempo que tenía para prepararme y para hacer mentalización de carrera.
Con todo listo, espero un poco por si Karin y Krisz están dispuestas para ir. No lo están. Van a otro ritmo, y hoy cada uno tiene el suyo. Me voy solo a pasar el control de material y a colocar mis cosas en las ubicaciones asignadas.
Quiero nadar con neopreno. No veo a nadie con neopreno y no me extraña, así que decido ponérmelo igual. Estoy a medio colocar cuando se me acerca un triatleta y me dice, en inglés, que no está permitido. Me lo quito. Me acerco a la carpa y lo dejo guardado. Primera lección del día: hoy no mandan mis planes.
Nos acompañan Juanan y Nora. Nos despedimos de ellos con besos a Nora y un deseo de suerte que suena a promesa. Ahora sí: toca esperar mi salida. Aprovechamos para hacer unas fotos con Karin y Krisz, fuera de la zona de
salida. Sonreímos. Nadie sabe todavía cómo acaba esto.
II. 3.800 METROS PARA SOBREVIVIR
En el arco de salida, con el chip comprobado a la entrada, empiezo a mentalizarme. Concentración. Visualizo el circuito: las dos boyas de paso, la salida a tierra, la rampa que abre una vuelta nueva. Se acerca la hora, las 7:30 de la mañana.
Karin se ha adelantado con el grueso de participantes. Krisz y yo nos quedamos atrás, para salir con otro ritmo y sin agobios. Yo, particularmente, no quiero jugarme un segmento de natación con problemas desde el minuto uno.
Por delante, tres vueltas de 1.250 metros en un circuito con forma de triángulo. El agua está muy bien. Es dulce: un trago no causará mayor problema. Sin oleaje, sin prisas. Empiezo a nadar y busco un ritmo cómodo, uno que no me desgaste.
La primera vuelta la cierro en unos 28 minutos, y esa será mi referencia para las demás. Compruebo, brazada a brazada, que las mantengo. Es curioso: esta primera vuelta se me hace la más larga, y sin embargo la segunda y la
tercera, algo más lentas en el reloj, son mucho más amenas por sensaciones. El cuerpo entiende antes que el cronómetro.
Durante dos vueltas, Krisz va detrás de mí. Me sorprende ver, en la salida de la tercera, que es ella quien va delante en la rampa. Apenas unos metros. Sonrío por dentro.
3.800 metros tranquilos, nadando cómodo, con la sensación de haber podido ir un poco más rápido. Y creo que, para mi primer Ironman, es la mejor decisión que podía tomar. Sacrificar más esfuerzo aquí me habría penalizado el resto de la carrera: este no es mi medio, me cuesta más recuperar un esfuerzo en el agua que en los otros dos segmentos.
01:35 en el crono del primer segmento. Contento, satisfecho y con actitud para seguir compitiendo. Ahora empieza lo mío.
III. T1. VAMOS A NUESTRO MEJOR SEGMENTO
Paso por la carpa de cambio, dejo todo el material de natación en la bolsa y saco el de ciclismo. Gafas. Casco. Calcetines. Zapatillas puestas. Guantes. Con tritraje.
Nunca hice las tiradas largas de bici con tritraje. Me la juego aquí, y lo sé mientras lo hago.
Voy a por la bici. Transición rápida. Aquí adelanto a Krisz y le saco unos pocos minutos, una ventaja que se irá agrandando por los problemas que ella sufrirá después.
La fuerza y la emoción de saber que este es mi mejor segmento pueden traicionarme. Lo pienso justo al salir. Y lo repito como quien se ata un nudo al dedo.
IV. 180 KILÓMETROS CON LA CABEZA FRÍA
Un primer tramo de enlace de 60 km. Al principio el asfalto está en condiciones; a los pocos kilómetros aparece la sorpresa: un tramo corto de asfalto nuevo, un carril de apenas un metro de ancho, con resaltos donde podría haberme pasado de todo. Se pasa. Se respira. Se sigue. Llevo este enlace a buen ritmo. Miro el reloj: media de 35 km/h. El tramo termina en el paso por la zona de transición, y desde ahí empiezan las vueltas a un circuito de 30 km, casi sin desnivel, con sus zonas de viento a favor y en contra. Más a favor que en contra, y eso también se agradece.
Cuatro vueltas que no se me hacen pesadas. Ritmo constante, un poco por encima de 30 km/h. La media que traía del enlace va bajando vuelta a vuelta, y lo acepto: es el precio de no romperme.
180 kilómetros que disfruto. Carretera en buenas condiciones casi todo el recorrido, con algún tramo en el que hay que estar pendiente, muy pendiente. El entorno y la animación de la gente son espectaculares: tramos cubiertos de arboleda, sensación térmica agradable, el ruido lejano de quien anima sin conocerte.
Creo que hago buen ciclismo. Que lo disfruto. Que posiblemente pude apretar un punto más. Pero la cabeza la mantengo fría y calculadora. Tomo referencias en cada cruce con Karin y con Krisz: a Karin le recorto un poquito, casi nada; a Krisz le voy sacando más ventaja cada vuelta. Después sabré por qué: problemas con la cala derecha de su zapatilla, que se le escapaba y no le permitía mantener fuerza constante en el pedaleo. Más esfuerzo. Más estrés. Nada de eso se ve desde fuera.
Seguramente se puede hacer mejor. Yo estoy contento con este segmento. Siendo el primero, y sin saber aún cómo iba a responder a pie, quise ser conservador. 5h 50min. Media de 31,1 km/h. Un tiempo estupendo, un tiempo entrenado, un tiempo que he mejorado con trabajo. Bajar de seis horas los 180 km no está nada mal.
V. T2. YA ESTOY AQUÍ, SOLO ME QUEDAN HORAS
Me bajo de la bici con ganas, dispuesto para el último segmento. Dejo la bici en la barra y voy a la carpa. Me cambio sin sentarme —y ese detalle tonto me sostiene mentalmente, me crea confianza para afrontar lo que queda—. Necesito un aseo para evacuar líquidos. Es necesario para poder seguir. Todo, a estas alturas, es necesario para poder seguir.
VI. LOS MUROS
Una maratón larga. Para quien no le gusta correr, larguísima. Pasar muros es la clave de este final. Casi sin darme cuenta llego aquí, al segmento más duro para mí. Empiezo con mentalidad positiva y con la actitud de mantener un ritmo medio que me permita aguantar las ocho vueltas de 5.250 metros del circuito.
El primer kilómetro está lleno de emoción, solo por verme ahí. Pronto me cruzo con Karin: siento orgullo de ver cómo va y, a la vez, trazo mi estrategia utópica de cómo voy a alcanzarla. Me dejo llevar los primeros instantes por las ganas y por la gente amontonada en la recta de entrada a meta.
No conozco bien el circuito, y esta primera vuelta es reconocimiento y tanteo: buscar referencias que me permitan superar los muros que sé que llegarán. Las dos primeras vueltas van cómodas, por encima de 6 min/km. Tengo fuerzas para más, las piernas no me pesan, las llevo bien. Me mantengo así por miedo a caer más adelante.
Mi cabeza no quiere pensar en los 42 kilómetros. Se concentra en la vuelta. Solo en la vuelta. Cierro la primera contento: el recorrido es fácil de llevar, muy llano, aunque tenga zonas de sol picante. Distintos tipos de calzada se reparten por todo el trazado, y en algunas hay que mirar dónde se pisa para no errar la zancada ni dar un traspiés con una irregularidad. Con el circuito controlado, solo necesito correr tranquilo. Zancada a zancada irán pasando los kilómetros y el tiempo.
En los kilómetros no pienso. El tiempo me da igual. Las vueltas se convierten en mi estrategia de carrera. Una. Dos. Tres. Ya solo me quedan cinco. Cuatro, cinco y seis son las más duras. Caminar se hace indispensable para poder seguir. El calor manda. Mi cuerpo solo quiere una cosa: bajar la temperatura. Bebo agua. Como hielo. Me tiro hielo por la nuca. Me lleno de agua y de algún que otro gel, y me siento gordo, inflamado, poco ligero, a pesar de que cuando corro llevo el mismo ritmo de siempre.
Aquí está el muro. Lo atravieso sufriendo. Sufro por el calor; el agua y los geles no hacen el efecto esperado; no me siento con energía. Solo me queda seguir, arrastrándome por el circuito, esperando que esto cambie.
A veces la carrera no se gana. Se espera.
VII. LA SÉPTIMA VUELTA
Entro en la siete. Solo me quedan dos: esta y otra.
Antes del giro noto que mi cuerpo se está recomponiendo. Me permite correr con otra actitud —no con mejor ritmo, pero sí con energía para sostenerme—. Hago el paso de vuelta y me alimento con los hidrogeles que ofrece la organización. Repito el proceso en las dos vueltas finales. Me sientan bien. Me dan lo que necesito para terminar corriendo.
Las dos últimas vueltas son calcadas. La temperatura ha bajado de 32º a 29º y mi cuerpo lo nota y lo agradece como quien recibe un indulto.
Al inicio de la última me cruzo con Karin y con Krisz. Vienen caminando. Veo que hay problemas y les pregunto qué pasa. Me da rabia esa situación; pienso que se han retirado las dos. Y sin embargo, esa rabia no me hunde: me empuja. Me da fuerzas para completar la última vuelta.
VIII. SESENTA METROS
Paso el último control de chip. Solo quedan 2,5 km para meta.
No quiero emocionarme. No quiero sorpresas de última hora. Quiero terminar y parar esta locura. Quiero llegar y sueño con que Karin esté en meta. Tengo dudas, porque llevo planeado hacer algo que ella desea vivir. Y yo también.
Paso el último avituallamiento y los dos arcos de refrigeración de la recta que lleva a meta. Ya lo tengo hecho. Y entonces los veo: Karin, Nora, Juanan. Le pido a Karin que se vaya hacia la meta, que me espere allí.
Por fin enfilo la recta. Sesenta metros, aproximadamente. Ellas me esperan en los últimos treinta, para entrar juntos. Llego a su altura. Nora no quiere darme la mano —estoy sudado— y ese gesto pequeñito es de las cosas más verdaderas del día. Me acompañan los últimos metros. Me adelanto un poco.
La organización ha puesto una cinta de meta para todos los corredores que cruzan la línea y se convierten en finishers. La agarro. La levanto a medias.
Llevo la idea de pedirle a Karin que se case conmigo. Sé que nos entregan una flor y la medalla de finisher. Quiero aprovechar este momento y convertirlo en inolvidable. Un momento únicamente nuestro...
Y se convierte en inolvidable.
IX. POR QUÉ ESTABA ALLÍ
Una maratón larga y dura por momentos. Donde el camino recorrido hasta aquí ha mostrado sus resultados.
Satisfecho conmigo mismo. Muy orgulloso de haber seguido al máximo los planes que Karin ha ido preparando con tanto cariño. Tremendamente emocionado al cruzar la línea. Muy, muy agradecido a Karin: a su compromiso conmigo, a su compañía —si no en todos los entrenos, sí en gran parte de ellos—.
No ha sido fácil el camino. Desde el momento en que me comprometí conmigo mismo, creé un sistema de hábitos para no fallar, para convertir este reto en una forma de vivir. En muchos momentos fue obligación. En otros me dejaba llevar. En otros muchos lo disfrutaba, me encontraba fuerte y ágil. En unos pocos quise tirar la toalla. Al cruzar la meta recordé por qué estaba allí.
Solo pensé:
QUIERO CONVIVIR CON ELLAS. ESTE ES EL PROPÓSITO DE MI VIDA. ESTE CAMINO, SI NO ESTÁN ELLAS, ES UN CAMINO DE SOLEDAD.
UN SINSENTIDO.
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